Se me ha vencido mi pasaporte y puesto que mi mundana vocación es trotar aquí y allá, aun cuando sea mucho de imaginación por la falta de pasta, decidí llevar a cabo el trámite correspondiente: no vaya a ser que de repente me llamen y deba yo volar a Londres a representar a México en las competencias del salto triple en las Olimpiadas. Total, que más vale estar preparado para lo que venga.
Me da mucha flojera andar preguntando pendejadas en las oficinas pues se trata de invitaciones a respuestas de la misma índole, por tanto, procedí a navegar en la red y buscar los requisitos en la página de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Nada más fácil que lo que ahí dice. Tramité mi cita y me dieron a escoger fecha y hora ¡a casi un mes de distancia!
Mi mente recorrió cientos de vericuetos y no hallaba la explicación, ¿por qué tanta gente en Ciudad Juárez tramita pasaporte? Si salen de vacaciones o solamente de compras al extranjero, significa que la crisis es puro cuento de la oposición y de los chillones de siempre. Si son nuestros jóvenes los que buscan el documento de identificación para irse a estudiar al extranjero, benditas becas y qué bueno que Harvard o Stanford vayan a prestar lo que Natura y la SEP no han querido soltar ni motivar. ¿Será que ahora los mojados pasan con pasaporte? Por mucho que el presidente del empleo nos insista en que la migración a los Estados Unidos ha disminuido por el número de plazas de trabajo que ha creado la presente administración, por las mejores condiciones de vida, donde se incluye la seguridad y la felicidad…, la gente toma camino pa’l norte, pero ignoro si lleva pasaporte o no. Para tramitar una visa o lo que sea y poder entrar legalmente al paraíso terrenal, debe contar uno con pasaporte mexicano, eso sí. Seguramente por ahí deben encontrarse las razones del tiempo tan prolongado de espera para iniciar el trámite.
Pues bien, a llegar preparado a la cita. El manual de procedimientos de la secretaría dice que si se renueva el pasaporte, tan solo debe uno presentar el vencido, con una fotocopia de la primera y de la última página, además de dos fotografías de características tales por cuales, pagar en el banco y llevar el comprobante, además de llenar la solicitud que proporciona la oficina de trámites. Sencillito, ¿no?
Y allá va el presunto solicitante de pasaporte nuevo, enfilándose a la oficina con sus documentos en mano. Niños encima, debajo y a un lado de cada asiento, olor a sanitario de estación de autobuses en tiempo de escasez de implementos de limpieza o una mano de obra que salió a almorzar hace tres meses y no ha regresado bajo la protección del líder sindical, vendedores ambulantes que se regodean ofreciendo grasientas donas, aguas embotelladas, burritos de verde y colorado, bolígrafos con tinta negra (la oficial, pobre del jodido que se le ocurra escribir con azul o con otro color) así como los promotores del coyotaje legal que ‘ordenan’ los documentos para “arreglar” con los gabachos (si la vida nos ha hecho pendejos, qué mejor que haya coyotes que nos pongan en orden los papeles, justo como los piden los agentes de migración del mentado paraíso terrenal)… Parece que ya llegué a la oficina de Relaciones Exteriores en Ciudad Juárez.
Una mujer muy amable en el escritorio de informes me entrega la solicitud que debo llenar con la tinta oficial (la negra, pues), con letra de molde (se me olvidó en la alacena, junto con el rallador del queso, a ver si me sale bien), sin tachones (soy abstemio). “¿Trajo sus copias? Ah, sí las trajo, llene la solicitud y se sienta frente al mostrador, ya la llamarán”. Niños de todas las edades, hartazgo infantil, juvenil y de la madurez, aunque todavía no sean las diez de la mañana. La gente va y viene, trata de alejarse de la fuente de la eterna hediondez de la esquina nororiente de la oficina, pero la norma certificada indica que el cliente (ya todos los somos en este mundo) debe permanecer sentado frente al mostrador donde debe realizar el siguiente paso del trámite. Me pregunto si también se certifica y existe una NOM (norma oficial mexicana) que hable sobre la cantidad y calidad de los olores emitidos por los baños en establecimientos de servicio al público. La Secretaría de Relaciones Exteriores, delegación Ciudad Juárez podría llevarse un reconocimiento quizá universal en ese aspecto, ojalá le busquen.
Al llegar mi turno, comparezco ante la funcionaria que me atiende y comienza a marcar con amarillo algunas cosas, revisa fotocopias (en la madre): “no señor, esta copia de su pasaporte anterior no sirve porque le hicieron reducción, mire, no es del mismo tamaño”. Y tiene razón, quizá le han disminuido un 20% de su magnitud original. “Vaya a la papelería de enfrente y pida copia sin reducción, me la trae y ya no debe formarse nuevamente”. Vaya, al menos entiende lo que implica sacar una méndiga cita vía electrónica. “A ver sus fotos”. Las extraigo del sobre en que las llevaba desde que me las entregaron en el servicio fotográfico. “Muy bien, están muy bien” (ya lo decía mi madre). “Pero tiene un problema…”. Tengo muchos, fue lo primero que me vino a la mente. Uno más, no ahora, por favor, le dije. “Usted no tramitó su pasaporte en esta oficina, así que no se lo podemos renovar”.
¡¡¡¡¡¿Quééééééééééé?!!!!! Señorita, le respondí, mi pasaporte fue emitido por la Secretaría de Relaciones Exteriores del gobierno mexicano. Es un documento que me ha permitido identificarme en el mundo entero, hasta en Banamex me lo han aceptado como identificación y ya ve que son muy mamilas. ¿Cómo es posible que lo acepten en todas partes, menos por la institución que lo emite? “Es la norma, señor. No puedo renovarle su pasaporte, debe traer uno anterior o iniciar como primera vez”. Sentía yo que los jugos gástricos, ya muy activos a esa hora de la mañana, se mezclaban con la sangre que me hervía y subía a la masa encefálica para bajar de inmediato a las puntas de los pies. Las suelas de los zapatos quemaban mi piel, mis manos temblaban y sentía que mis glóbulos oculares saldrían de órbita mientras que un rayo de odio fulminaría a todos los empleados de la secretaría, desde los que tenía enfrente, hasta a la señora Patricia Espinosa.
La chica del mostrador ya no supo qué responder y llamó a la encargada de la oficina. Ella llegó con aires de suficiencia, sapiencia, gobernanza, lontananza y algo de holganza, luego sentenció: “Nosotros no tenemos la base de datos de donde salió su pasaporte, así que debe traer el pasaporte anterior al anterior y con ese le haremos la renovación. Si quiere comenzar un trámite nuevo, en nuestro sistema aparece que su último pasaporte fue expedido en 1998, debe traer ése”. ¿El de 1998? Pero si cuando tramité el de 2006 lo reporté extraviado… “Traiga entonces el acta de la agencia del ministerio público donde diga que lo extravió, y no se preocupe, ya sacó cita, vaya y venga, le guardamos su lugar”. Qué amable, pero… este pasaporte dice Secretaría de Relaciones Exteriores, aquí es la Secretaría de Relaciones Exteriores, hasta los ingleses y los gabachos lo han recibido como un documento válido emitido por el gobierno mexicano (whatever they think about that!) y ustedes no lo reconocen como legítimo. “Pues aquí le guardamos su lugar, si gusta”. Pero la página de la Secretaría dice que si el pasaporte fue emitido por una oficina consular basta una identificación que me acredite como nacional mexicano para RENOVAR el pasaporte vencido o por vencer. “Ya le dije, señor, que así son las reglas”. Pues tendré que levantar un acta por el extravío del acta que levanté en 2006 por el extravío de mi pasaporte emitido en 1998. “Hágale como quiera, porque no puede comenzar trámite nuevo, aquí tenemos registrado que usted solicitó un pasaporte en 1998 y fue entregado”.
La Secretaría de Relaciones Exteriores no admite como pasaporte legal un pasaporte emitido por la Secretaría de Relaciones Exteriores [sic, así se las gasta este pinchurriento gobierno del cambio]. Pues la regla se le ha puesto a la fulana y muy bien puesta, así que me retiro con la cola entre las patas y el hígado del tamaño magnum. Llego a la Fiscalía del Estado, hago fila, me entregan mi número para pasar con el agente del ministerio público, me pide fotocopia de la identificación, levanto el acta y diez minutos después me enfilo a mi archivo personal (debajo de la cama y, por supuesto, lejos del edificio de la fiscalía), para sacar mi acta de nacimiento (a ver si tengo una jodida copia reciente) a la cual le saco fotocopia, así como al acta de nacencia y una más a mi credencial del IFE (para eso sirve, ¿no?).
Regreso a la representación juarense de la cancillería (no manches) y debo llenar una nueva solicitud puesto que NO PUEDO RENOVAR UN PASAPORTE DESCONOCIDO por la Secretaría de Relaciones Exteriores, así que debe ser una renovación por extravío. Todo casi igual, pero en el casi está la diferencia para estar o no certificado en los procesos de atención al cliente. Por cierto, aunque en la solicitud hay un recuadro para anotar la CURP (Clave Única del Registro de Población, para los amables lectores fuera del territorio mexicano), ahí mismo dicen que eso no sirve de nada, que si no la traemos, que no importa. A mí no me importa, a ellos tampoco, a nadie debe importarle pues. Llego de nuevo al mostrador, mi turno es con una persona diferente a la de un par de horas antes. “Bien, muy bien, bien… Todo en orden, señor, pero debe repetir las fotocopias de su acta de nacimiento y del acta de extravío ante la agencia del ministerio público porque DEBE REDUCIRLAS a tamaño carta (recordé a la madre de la señora Espinosa nuevamente, pero en respetuoso silencio). Vaya a la papelería y regresa, mientras tanto averiguo si hoy mismo le podemos tramitar su pasaporte”. En la madre, mi coronel, las mentadas me han salido con tan gran volumen de voz que ya pretenden castigarme.
Regreso con las copias de los documentos reductibles y me dice el joven que será en cinco días el final de mi trámite. ¿La razón? Como mi último pasaporte tramitado en una oficina válida (para ellos) fue en el lejano 1998, en el siglo pasado, no cuentan con el archivo digital del mismo y lo deben pedir a la ciudad de México y eso tarda alrededor de cinco días. ¿Naturales o hábiles, joven?, me atrevo a preguntar. “Hábiles, señor, y se atraviesa el día del niño, el día del trabajo, el día del cojón en cuadritos y el día de las rocas marítimas en el exilio, así que usted calcule”. Nunca se me ha de quitar lo hocicón y respondo: Pero si es un archivo digital y en el mundo de la información y la informática, los datos viajan a velocidades inconmensurables, casi instantáneamente podrían tener aquí lo que necesitan para hacer mi documento hoy mismo. Supongo que dije malarazones pues hizo cara de ¿k-pex? Y ya mejor no le seguí, jamás podré argumentar algo con personajes tan irrisoriamente ignorantes o faltos de acción sináptica. Ya solamente le pregunté qué debía hacer cuando volviera a los cinco días hábiles por mi pasaporte. Me tomarán la fotografía para hacer el documento y me lo entregarán, respondió más o menos. ¿Le pregunto o no le pregunto? Allá voy otra vez, y entonces: ¿para qué chingados me piden fotografías si me van a fotografiar ustedes? Los colores de tonos bermellones le inundaron la piel que apenas forraba las mandíbulas y no me supo contestar más que: “Así es el procedimiento”.
Sigo esperando que sucedan los cinco días hábiles… ojalá no sean primero las Olimpiadas ni que me llamen para participar en el equipo de gimnasia rítmica o nado sincronizado porque no podría estar por la ausencia de mi pasaporte vencido digitalizado en manos de los funcionarios de la representación de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Ciudad Juárez.